Sí, lo sé, esta vez he pasado mucho tiempo sin escribir, pero es que no tenía que decir nada importante (entendiendo "importante" como "importante para nosotras y absurdo para todos los demás). Y no, hoy tampoco tengo nada que decir, pero es uno de esos domingos en los que me propongo hacer cosas que voy dejando y dejando...
Y al final acaba siendo un domingo de esos que realmente me gustan a mí, esos que son como una especie de desayuno largo que se continúa durante todo el día... Y acabaré con mi madre acurrucada en el sofá pidiéndola que me siga tratando siempre como si fuera pequeña y que me cuente otra vez cuánto lloró cuando se murió James Dean.
Yo adoro a la gente muerta, aunque suene esquizofrénico y necrofílico. Los muertos son tan conclusos, tan quietos, con ese saber estar. Los vivos son torpes. Si tienes un ídolo vivo cualquier mañana puedes abrir el facebook y encontrarte con que ha hecho/dicho cualquier lamentable torpeza, o peor aún, tiene una novia que no eres tú. Entonces tienes que buscar su página, darle a "Ya no me gusta", buscar su twitter, darle a "Dejar de seguir" y soportar que cualquier persona te ponga la cara colorada hablando de la maldita torpeza... un lío, sinceramente.
Con los muertos ya está todo dicho y hecho. Te informas, te gusta y le conviertes en ídolo. Por no hablar de la cantidad de entradas que, sin ser consciente, te estás ahorrando con todos tus ídolos muertos.... y de la tranquilidad que da el no tener que estar pendiente de nuevos lanzamientos (salvo benditas excepciones). Y, sobre todo, te dan la capacidad de autoconvencerte de que si hubieses coincidido con ellos tú habrías sido su inseparable alma gemela.
Si Jesucristo estuviera vivo a mí no me gustaría, porque me crearía una tensión y una ansiedad horrible... y tener que seguirle por esos sitios llenos de arena que se te mete en las sandalias... puff, me está dando pereza sólo pensarlo, quita quita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario